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Aquellos a los que os gusten los juegos de estrategia, ya sean de mesa o de ordenador, quizá os hayáis fijado en que suelen tener algo en común: la gestión de recursos. No todos los juegos de estrategia van de guerras; algunos requieren planear líneas de trenes, construir edificios u organizar trabajadores. En todos los casos, tenemos una cantidad limitada de uno u otro recurso, y la clave a la hora de ganar el juego es usarlos de forma más inteligente que tus contrincantes. A los seres vivos les (nos) pasa lo mismo. De forma lo más abstracta posible, un organismo es un pedazo de biomasa que saca energía de su medio y la usa para crear más biomasa. La parte interesante está en los detalles: en cómo obtiene su energía, cómo la convierte en biomasa y en lo que nos vamos a centrar hoy: ¿Cómo usa un organismo la energía que tiene?, ¿y por qué?

Un ser vivo tiene un presupuesto limitado de energía y hay muchas posibles cosas en las que invertirla. Necesita un cuerpo, que va a representar una inversión de energía muy grande, y este cuerpo tiene que crecer desde una célula hasta su tamaño final. También hace falta mantener ese cuerpo, evitar que se deteriore y defenderlo frente a enfermedades y parásitos. Es necesario invertir energía en conseguir energía, ya sea pastando, cazando, buscando fruta, digiriendo o fabricando hojas y raíces. Y por supuesto, hay que gastar en reproducirse, y ahí hay más decisiones todavía: ¿Cuánto invierte en buscar o atraer pareja?, ¿cuántos nuevos organismos forma?, ¿cada cuánto? 

Cada especie e incluso, cada organismo en particular, debe buscar su propia solución a este problema, y al conjunto de elecciones de cada organismo se lo conoce como historia de vida. Podemos ver estas elecciones en acción cuando comparamos, por ejemplo, las ratas y los elefantes. Las ratas no invierten mucho en sí mismas; son animales pequeños, que alcanzan rápidamente la madurez sexual, se reproducen abundante y frecuentemente y hasta  en las mejores circunstancias mueren de viejas en dos o tres años. Los elefantes, en cambio, tardan más de una década en completar su crecimiento y alcanzar la madurez sexual y, una vez alcanzada, las hembras tienen una cría cada 3 o 4 años. Sin embargo, un elefante adulto puede vivir 60 o 70 años, y es mucho más grande que una rata. 

Estos son casos extremos, claro, pero ilustran una “decisión” evolutiva clave para los seres vivos. Crecer y reproducirse son dos cosas que requieren mucha energía, y raramente hay suficiente disponible para hacer ambas a la vez. Así que un ser vivo que invierta más energía en crear biomasa para sí mismo y pase más tiempo alcanzando mayor tamaño, va a madurar sexualmente más tarde. En el caso de las ratas, su esperanza de vida en la naturaleza es muy corta, ya que es muy habitual que se las coma un depredador. En su caso, entonces, invertir en un cuerpo capaz de mantenerse saludable durante 200 años representaría un despilfarro si de todas formas se la va a comer una lechuza. Un elefante, en cambio, es un animal muy grande. Es capaz de defenderse y defender a sus crías, así que tiene sentido invertir en su propio cuerpo y tener pocas crías bien protegidas, que en cuanto alcancen cierto tamaño tendrán grandes posibilidades de supervivencia. 

La historia de vida de cada ser vivo está marcada por su pasado evolutivo y su presente ecológico. Podemos ver esa huella en los elefantes marinos machos que invierten cantidades enormes de energía en crecimiento para competir con otros machos. Podemos verla en las tortugas marinas que, aunque pueden vivir muchas décadas, siguen una estrategia de mucha reproducción y poca inversión en sus crías. Y aunque en esta pieza nos hemos centrado en animales, la gestión de los recursos es un problema común a todos los seres vivos. Hasta la existencia de dos sexos en eucariotas es el resultado de la aparición de diferentes estrategias a la hora de invertir energía.

Pero, ¿por qué?, ¿qué lleva a los elefantes a ser tan grandes y a las ratas tan pequeñas?, ¿qué factores influyen en la estrategia de cada organismo en este gran juego de la evolución?, ¿existen patrones comunes que podamos observar? Estas son preguntas fascinantes, y sus respuestas nos podrían revelar mucho sobre los principios fundamentales de la vida y la evolución. 

¿Quieres saber más?

Estrategias de historias de vida.

Zera, A. J. & Harshman, L. G. (2001), “The Physiology of Life History Trade-Offs in Animals“, Annual Review of Ecological Systems, 32: 95-126.

  • Artículos
Sensu Lato Contributor
Colaborador en La BioZona

Biólogo de Vigo, Galicia, España. Hice un doctorado en neurociencia sensorial en Alemania y un proyecto postdoctoral en Valparaíso (Chile). Me dejé el corazón en la Patagonia y ahora vivo retirado en una dimensión de bolsillo. Aunque mi carrera ha sido más de bata tengo corazón de bota, y mi sueño es que me paguen por perseguir ranas por la montaña.

Me fascina todo lo relacionado con la biología, intento aprender cosas nuevas cada semana y hablo de ellas siempre que me dejan. Cuando no me dejan, las grabo y las tiro al éter mediante un podcast llamado Biología de Tranquis.

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