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Hace algunas noches soñé que unos delfines me acompañaban a comprar helado de mandarina. Justo después, un señor raro sacaba descuidadamente de la cajuela de un auto a unos perritos cachorros, todos chiquitos y todos panzones, y los metía en una caja mugrosa. Desperté con una molesta sensación de desagrado y molestia, que me duró un rato. Una taza de café y mi rutina matutina ayudaron a que al poco tiempo la sensación desapareciera, junto con buena parte del sueño. En algún otro momento de mi vida me hubiera preguntado sobre el trasfondo del sueño, y su posible relación con algo escondido en mi mente. Ahora elijo verlos como quien contempla una pintura o las formas que surgen en el queso gratinado de una pizza. Tal vez necesite explicar algunos asuntos propios de la psicología, para contextualizar ese cambio que describo.

Seguramente habrás escuchado, o hasta participado en discusiones respecto a las bases científicas que puede tener la psicología y sus problemáticas. Y aunque en ocasiones abordar este tema es muy entretenido, regularmente termina siendo aversivo y desgastante para muchas personas, ante lo cual optan por asumir una u otra postura, suspirar hondo y seguir con su vida. Esto ha dado como consecuencia, entre otras varias cuestiones, el hecho de que en este campo aún no terminamos por ponernos de acuerdo de qué conceptos utilizar para qué cosa, lo cual llega a dificultar hasta el definir el propio objeto de estudio de la psicología. Y cualquiera puede hacer este experimento en casa, en la escuela, o en la calle: pregunten a distintas personas qué estudia la psicología, y habrá quienes respondan que la mente, alguien más dirá que a las personas, y quizá haya quien se aventure a aseverar que el alma. Sería interesante observar cuántas personas responden que estudia la conducta, dentro de alguna facultad de psicología. Este fenómeno en muy buena medida puede responder a problemas filosóficos, en el campo de lo ontológico: cómo entendemos aquello que tratamos de observar y describir. De esto se encarga en buena medida la filosofía de la ciencia, de discernir aquellos procesos y métodos más adecuados para construir conocimiento, del cual podamos comprobar su validez.

Como ya supondrán, el estudio de “lo psicológico” supone algunos problemas técnicos. Uno de esos, es que todas las personas emitimos determinados comportamientos, por tanto, podemos observarlo y observarnos. Y es bien divertido, sin duda. Pero para entender la conducta humana, existe el consenso de que es necesario partir de las bases del aprendizaje. Esto, aunque pueda parecer una simplificación, resulta la base del problema en esta disciplina. Debido a que todo ser humano experimenta su conducta, abundan las llamadas “teorías del sentido común”, que suelen hacer uso de conceptos ambiguos, populares y llamativos, como los múltiples significados asignados a “conciencia”, o las tan de moda “relaciones tóxicas” (sobre las cuales tal vez escriba en otro momento).

Además, a lo largo de la historia de la psicología, se han arraigado ciertas prácticas que, aunque obsoletas en sus fundamentos teóricos siguen utilizándose. Porque la academia no está exenta de dogmatismos y tradiciones basadas en el poder y el estatus, más que en la construcción crítica de conocimiento, con base en evidencia. Esto ha dado paso a argumentos defendiendo el eclecticismo, posiblemente como una forma de salvar las disonancias cognitivas que se experimentan de manera cotidiana.

Pero ¿qué diantres es una disonancia cognitiva? Básicamente, son conflictos que experimentamos al momento de que algunas reglas que rigen nuestra conducta se contradicen entre sí. Por ejemplo, puedo tener la noción de que los helados son sabrosos. Esa idea puede constituir una regla aprendida en el curso de mi vida. “Los helados son sabrosos”, ¿a que sí? Bueno, otra regla puede ser “la grasa en exceso es dañina para la salud”. Y, una situación en la que estas reglas juntas pueden generarnos malestar, por ejemplo, teniendo a mi total disposición una cantidad importante de helados. Por una parte, puedo tener la intención de comerme varios helados porque son sabrosos, y por otra mejor abstenerme porque me puede hacer daño. Tal vez si veo en estos la leyenda de que son bajos en grasa, rodeada de lindos colores y una figurita sonriente, tenga mayor disposición a comerme unos cuantos, porque, hey, no hacen tanto daño y siguen siendo sabrosos. Y listo, disonancia cognitiva salvada. Pero ¿ustedes también experimentaron ese pequeño momento de culpabilidad, cierto?

De la misma forma pasa con muchas de nuestras experiencias cotidianas. Decidimos sobre lo que probablemente nos brinde satisfacción, tendemos a evitar lo que puede representar malestar. Buscamos explicaciones acordes a esto. Y es normal, todas las personas estamos sujetas a eso, porque la especie humana es experta en encontrar patrones donde no los hay, y generar explicaciones en torno a ello. Y eso en ocasiones incide en la propia construcción de conocimiento científico.

En este sentido, los sueños han estado en medio de interesantes discusiones, sobre su estudio, su función y hasta su uso en tecnologías psicológicas como los modelos terapéuticos. La investigación en el campo ha dejado de lado aproximaciones que, más allá de lo atractivas que puedan resultar, no han demostrado eficacia, o hasta han sido falseadas por la carencia de bases epistémicas sólidas. Tanto la antropología, las neurociencias, y obviamente la psicología han tratado de entender los sueños, y aunque actualmente tenemos muchas más nociones sobre las bases fisiológicas y conductuales del sueño, mucho de lo relacionado con la producción de contenido de estos se mantiene incierta. Se han formulado teorías a partir de las hipótesis que prevalecen en el campo, y que apuntan a tres posibles funciones: de descanso, evolutivas y relacionadas con la memoria. Estas teorías no son excluyentes entre sí, en tanto que sugieren que la experiencia onírica puede ser resultado de una especie de programa de mantenimiento mientras dormimos, o bien algo así como un protocolo de ensayo de toma de decisiones ante diversas circunstancias arbitrarias. Tal vez un proceso del cerebro para consolidar ciertas memorias y desechar otras. Vaya, que probablemente esto implica que muchas neuronas se activan durante el sueño (porque recordemos que el cerebro nunca descansa del todo), y las experiencias mentales que esto produce generan imágenes de lo más curiosas, dada nuestra maravillosa tendencia a encontrar patrones en todos lados. En términos evolutivos, es mejor encontrar patrones donde no los hay a no observarlos y que eso represente una amenaza. Pero a veces eso nos lleva a asumir visiones dogmáticas, o creer en la astrología, porque se siente bonito que me brinden respuestas rápidas ante la incertidumbre y corroboren aquello que quiero creer. Y es que, más allá de lo que puedan significar mis sueños, la conducta verbal de otras personas puede brindarme experiencias satisfactorias al confirmar la creencia de que efectivamente, soñé con delfines y helados porque extraño ir a la playa. Pero, a veces una pipa es solo eso, una simple pipa.

El contenido de los sueños puede ser fascinante, aterrador e intrigante. Es claro que les damos sentido a partir de la cultura en la que nos formamos, y como la mitología, habrá múltiples historias en torno a ellos. En ese sentido, algo que encuentro totalmente rescatable es contemplarlos, ajenos a todo juicio, como si fueran obras de arte. Que lo son, manifestaciones artísticas de la experiencia evolutiva que nos permite estar aquí, en este momento de la historia, y soñar sobre todo lo imaginable. Desde esta perspectiva, recomiendo ampliamente la novela gráfica Sandman, escrita por Neil Gaiman. Una obra de arte que reflexiona en torno a las culturas, los grandes mitos y lo insondable de la experiencia onírica.

Pero, en el campo de lo psicológico, habrá que regresar a Skinner, “el conductismo no es el estudio científico de la conducta, sino una filosofía de la ciencia que se ocupa del contenido y los métodos de la psicología” (1979). Desde esta noción estableció principios sólidos para una psicología basada en evidencia experimental, reiterando la importancia de un marco conceptual pertinente y unificado. Con esto no se rechaza la utilidad que puedan tener otros modelos teóricos, sino que recuerdan la importancia de una adecuada investigación que permita respaldar las prácticas de la psicología clínica. Es común encontrar deficiencias metodológicas en la investigación clínica. Ante estas circunstancias, elijo soñar con nuevas generaciones que se interesen en las ciencias de la conducta, aprendan a apasionarse por la investigación rigurosa y a enfrentar la incertidumbre que a veces nos lleva a tropezar con nuestros propios sesgos cognitivos. Elijo soñar, pero despierto.

*Ningún cachorrito fue lastimado durante la redacción de este artículo, y tampoco hubo delfines alimentados con helado. Coman frutas y verduras y duerman rico.

¿Quieres saber más?

López, A. A., et al. (2021), “El uso de los sueños en Psicoterapia: Perspectivas clásicas“, Poliantea, 16 (28): 106-120.

Munévar, M. C., et al. (1995), “Los sueños: su estudio científico desde una perspectiva interdisciplinaria“, Revista Latinoamericana de psicología, 27 (1): 41-58.

Nogueras, R. (2020), “Por qué creemos en mierdas: Cómo nos engañamos a nosotros mismos“, Kailas Editorial.

Skinner, B. F. (1979), “El conductismo a los cincuenta“, Contingencias de reforzamiento: Un análisis teórico, 203-241.

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Profesor Distopías Contributor
Colaborador en La BioZona

Sigo aprendiendo sobre ciencias sociales y la conducta humana. Estudié psicología en la Universidad de Guadalajara, y ahora habito en un punto incierto en el Pacífico. Trato de entender el presente desde la ciencia ficción y las narraciones contemporáneas. Soy firme creyente de que la ciencia y las artes serán nuestro asidero ante el eventual colapso del sistema económico imperante. Me dedico a hacer fogatas y hablar sobre mundos posibles.

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