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Una de las primeras formas que aprendemos de clasificar a los animales, más allá de los grandes grupos como aves, mamíferos, insectos o moluscos, es la división entre vertebrados e invertebrados. Los vertebrados somos los animales que tenemos vértebras formando una columna que nos recorre la espalda, y un esqueleto interno. Los invertebrados son todos los demás. Esta es una clasificación que sólo podía venir de un vertebrado egocéntrico como es el ser humano, y que no hace justicia a la enorme diversidad animal. Para empezar, los animales se dividen en mucho más de dos grupos. Existen entre 30 y 35 filos, agrupaciones de alto nivel, y los vertebrados ni siquiera somos uno de ellos. 

En vez de eso, compartimos nuestro grupo, el filo Chordata o cordados, con unos cuantos parientes a los que no esperaríamos ver en una reunión familiar. Los cordados se llaman así por la presencia de la notocorda, una varilla de tejido rígido que nos recorre la espalda y que nos da soporte. En los vertebrados esta notocorda desaparece durante el desarrollo embrionario, y queda reducida a los discos que separan nuestras vértebras, pero hay un par de grupos animales que, aunque no tienen vértebras, sí que tienen notocorda. Son, por tanto, invertebrados pero cordados, y nuestros parientes más próximos. 

Uno de ellos son los anfioxos, pequeñas criaturas alargadas y de extremos afilados. Son animales simples, que filtran el agua para comer, respiran a través de ranuras branquiales y nadan gracias a músculos actuando sobre la estructura reforzada de la notocorda. Casi parecen una simplificación esquemática de un pez, y es fácil ver en ellos a nuestros parientes, o incluso un recuerdo del aspecto que podrían haber tenido los cordados ancestrales. Pero el caso del segundo grupo de cordados invertebrados, los tunicados, es algo más chocante. 

Los tunicados son unos animales muy extraños, y a primera vista sería comprensible confundirlos con plantas o algas o algo por el estilo. Son criaturas muy sencillas, compuestas básicamente de una boca que aspira agua y absorbe nutrientes y pequeños organismos, un corazón y aparato reproductor y un sifón que elimina el agua ya filtrada y los residuos digestivos. Estos órganos están envueltos en una fundita de tejido protector, la túnica que da nombre al grupo. 

Tunicados coloniales.

Todo esto da como resultado un organismo con forma de campana, de cilindro o de jarrón, cosas muy sencillas. Casi no tienen sistema nervioso, y no hacen mucho más aparte de filtrar agua. Muchos tunicados son sésiles y fijados al sustrato por un anclaje, y los que flotan en la columna de agua lo hacen de forma muy pasiva. Algunas especies también son capaces de reproducirse asexualmente, formando colonias de muchos clones unidos. 

Polycarpa aurata.

Dada esta descripción, es difícil entender por qué los tunicados son parientes nuestros. No tienen sistema nervioso ni notocorda, y se parecen más a algún tipo de anémona que a un pez o a un anfioxo. Sin embargo, su clasificación queda muy clara cuando vemos sus larvas. Cuando los tunicados se reproducen sexualmente, la fecundación da lugar a una larva muy curiosa. Es alargada, cabezona, y nada gracias a una cola con una notocorda rígida. Son extraordinariamente parecidas a renacuajos, y tienen la estructura general de los cordados que vemos en los anfioxos. Con el tiempo esta larva se reorganiza, reabsorbe muchos de sus tejidos y se simplifica hasta convertirse en un tunicado como los descritos arriba. 

Así que, de la misma forma que nosotros somos cordados aunque sólo tengamos notocorda durante el desarrollo embrionario, la larva renacuajo de los tunicados los convierte en cordados de pleno derecho. Es probable que la forma actual de los tunicados sea un estado derivado, una adaptación a partir de un estado ancestral parecido al de su larva y el resto de los cordados. Sin embargo, algunos científicos sostienen que es al revés, que el estado ancestral de todos los cordados es un animal parecido a un tunicado, y que todo el resto de los cordados evolucionamos a partir de larvas que decidieron no hacer la metamorfosis, y vivir y reproducirse en su estado “infantil”. Quizá los raros de la familia no son los tunicados, sino nosotros. Quizá son ellos los que podrían mirarnos a nosotros, suspirar irritados y pensar “¿Cuándo se decidirán a crecer?”.  

¿Quieres saber más?

Guerrero Arenas, R. & González Rodríguez, K. A. (2012), “Algunas consideraciones sobre el origen y evolución de los cordados“, CIENCIA ergo-sum, 19 (2): 172-178.

Holland, L. Z. (2016), “Tunicates“, Current Biology, 26 (4): R146-R152.

Ultimate Mysterious (2021), “Pyrosome – unusual and glowing colonies in the ocean“.

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Sensu Lato Contributor
Colaborador en La BioZona

Biólogo de Vigo, Galicia, España. Hice un doctorado en neurociencia sensorial en Alemania y un proyecto postdoctoral en Valparaíso (Chile). Me dejé el corazón en la Patagonia y ahora vivo retirado en una dimensión de bolsillo. Aunque mi carrera ha sido más de bata tengo corazón de bota, y mi sueño es que me paguen por perseguir ranas por la montaña.

Me fascina todo lo relacionado con la biología, intento aprender cosas nuevas cada semana y hablo de ellas siempre que me dejan. Cuando no me dejan, las grabo y las tiro al éter mediante un podcast llamado Biología de Tranquis.

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