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El órgano más eficiente, cuyo trabajo se mantiene ininterrumpidamente desde muy temprano en nuestra vida embriológica hasta el final de nuestra existencia, es el corazón. El mismo que palpita ante la presencia del ser amado.

Al ser el amor un sentimiento tan central en la vida de las personas, se consideraba que debería nacer de un lugar profundo, en el fondo del alma, relacionándolo así con la localización anatómica del corazón.

La idea del corazón como símbolo del amor se remonta a varios siglos. Los filósofos orientales aseveran que la frecuencia de la emoción del amor se equipara exactamente a los movimientos rítmicos del corazón. Es por esa razón, que en esa cultura el amor se relaciona directamente con este órgano.

Desde sus albores, la civilización occidental también ha relacionado el corazón con el amor. Por ejemplo, los egipcios, los semitas y otras culturas milenarias creían que el corazón era el órgano más importante porque de él emanaba el amor. Y era aceptada la creencia de que tal emoción era la más importante de nuestra existencia.

Cuando la persona enamorada ve al destinatario de su sentimiento sublime, el corazón empieza a palpitar aceleradamente. Cuando es propicio, envía sangre a la cara para que esta se sonroje o se ponga más rozagante y atractiva al ser amado. Y no cesa allí su trabajo en cuestiones de amor, cuando es preciso, surte cantidades suficientes de sangre para que los órganos del amor puedan cumplir su función romántica en forma óptima y oportuna.

Actualmente, y gracias a las neurociencias, podemos escudriñar un poco más acerca de qué es lo que produce que reaccionemos de esta manera. El amor provoca una importante manifestación de sinapsis neuronales a lo largo de varias estructuras cerebrales, como es el sistema de recompensa, ubicado en el seno del sistema límbico,  y varían de acuerdo al tiempo.

Al inicio de una relación, el cortisol, hormona del estrés, aumenta. Ese incremento crea la sensación eufórica y las “mariposas” que sentimos en el estómago. Durante este mismo periodo se ha reportado una disminución en la actividad de la corteza frontal, importante para el razonamiento y el juicio.

Cuando nos enamoramos de nuestro crush, se desactiva un área de la amígdala cerebral que se relaciona con el miedo y es por esta razón que no somos capaces de ver los aspectos que no nos gustan y aceptamos el paquete completo.

La atracción sexual es alimentada en parte por las hormonas sexuales: estrógeno y testosterona. Que seamos capaces de sentir atracción sexual, se lo debemos a la información somatosensorial  (estímulos sensoriales y emocionales), que va de los genitales al cerebro por la activación del hipotálamo (se encarga de la regulación de la temperatura del cuerpo, sed, regula el apetito, entre otras funciones), la liberación de estrógenos y testosterona es acompañada por una sensación de bienestar y optimismo, además de un aumento de la frecuencia cardiaca y la tensión arterial.

El amor romántico provoca la liberación de diversos neurotransmisores, entre los que se encuentran la dopamina, norepinefrina y serotonina. Esto nos lleva a relacionarlo con el sistema de recompensa en nuestro cerebro. La dopamina es el principal neurotransmisor implicado en la sensación de enamoramiento. Ésta se produce al interior de las neuronas dopaminérgicas en una zona del tallo cerebral llamada área tegmental ventral y es responsable de producir las “moléculas de la felicidad”.

No obstante, existen otras estructuras también involucradas en el proceso de enamoramiento. Entre las más notables se encuentran el núcleo accumbens, encargado junto con el área tegmental ventral de hacernos sentir placer, prestar atención y mantener la motivación para perseguir y obtener recompensas.

No podemos dejar de mencionar el rol del núcleo caudado. Éste es responsable de la integración sensorial y la generación de movimiento impulsado por las expectativas. De manera similar, los giros del cíngulo y del hipocampo, así como la amígdala y la ínsula, son capaces de regular las emociones y el deseo, ligándose fuertemente con el núcleo caudado y el tálamo.

La reacción en cadena que producen las sustancias químicas que aparecen en gran cantidad cuando estamos cerca de esa persona no solo producen placer; también generan una sensación de recompensa y, al igual que las drogas más adictivas pueden hacer que todas nuestras metas vitales se reduzcan para poder experimentar bienestar otra vez (aunque sea fugazmente), el enamoramiento también crea un tipo de dependencia parecido.

Es por eso que, si después de habernos enamorado de alguien, esta persona desaparece o deja de estar tan disponible como habíamos anticipado, permanecemos un tiempo no solo tristes, sino incapaces de experimentar momentos de bienestar significativo.

La neurociencia del amor nos aporta una interpretación más acerca de lo que vivimos cuando nos enamoramos y, como siempre, la definición definitiva de lo que es el amor solo puede ser imaginada por cada uno de nosotros: los amantes que lo experimentan.

¿Quieres saber más?

Martin Kemp. (2011),  “The Heart” in Christ to Coke: How Image Becomes Icon, Oxford University Press, 81–113

Pichón, R.E. (1982), Teoría del vínculo. Buenos Aires: Nueva Visión.

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Zareloca Contributor
Colaboradora en La BioZona

Soy Zareloca, aunque todos me dicen Zare, soy médica formada en Perú, y luego me mudé a Argentina, en donde resido, estudié psiquiatría, me encanta lo asistencial pero siempre interesada en saber como es que nuestra maravillosa mente/cerebro funciona, qué nos hace ser los que somos, no desde el sentido romántico del ser, sino desde la parte biológica, como es que esas pequeñas celulitas reaccionan y nos transforman desde el nivel molecular hasta la respuesta emocional de una lagrima…maravilloso! Actualmente realizo una Maestría en Neurociencias, en la Universidad Favaloro, esperando así, encontrar más respuestas a mis preguntas…tengo la cabeza muy abierta y me encantan los gatos! (me dan miedo las polillas).

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