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Cuando decimos “un recuerdo inolvidable”, pensamos en momentos únicos, tan únicos que probablemente nunca se borrarán de nuestra memoria, tales como nuestro primer hueso roto. ¿Cómo olvidar esa sensación de hinchazón, dolor y latido? y claro, el regaño de tu madre diciendo “¡te dije que no hicieras eso!”. ¡Ahhhh! Como dicen, “recordar es volver a vivir”. Pues esto mismo es empleado por el sistema inmune, lo que los inmunólogos llaman memoria inmunológica

La memoria inmunológica surge de la adaptación evolutiva del sistema inmune para brindar a nuestro cuerpo una respuesta más rápida y efectiva a antígenos encontrados previamente (Figura 1). Los macrófagos y células dendríticas se encargan de reconocer y presentar antígenos a los linfocitos B y linfocitos T “vírgenes”, células protagónicas de la respuesta inmune de memoria. Estos linfocitos, también denominados naïve, son aquellos que nunca han tenido contacto con un antígeno. Como consecuencia de ese primer encuentro, entran en un estado de activación que conlleva al  incremento del número de linfocitos (expansión clonal) y su diferenciación a células de memoria. Ahora, tenemos una población de linfocitos que son capaces de reconocer al mismo antígeno, y por lo tanto, de desencadenar una respuesta específica. 

Antígeno: Cualquier sustancia o molécula que puede ser reconocida por los receptores del sistema inmunitario. Si hablamos de patógenos, son fragmentos de estos que pueden ser reconocidos por el sistema inmune y desencadenar una respuesta

Las células de memoria facilitan respuestas inmunitarias rápidas a la reinfección debido a: 1) el aumento en el número de células: los linfocitos se replican rápidamente ante la reinfección; 2) la disminución en el umbral de señalización, es decir, al mínimo contacto con el antígeno los linfocitos reaccionan; y 3) la localización de células en sitios de tejido para vigilancia: células de memoria residente encontradas en las principales vías de entrada de patógenos. 

Los linfocitos B y T participan en el establecimiento de un estado de inmunidad. Dependiendo del tipo de antígeno, una de las dos poblaciones desempeña un papel principal. A través de la producción de anticuerpos, los linfocitos B son más importantes cuando hay presencia de antígenos que ingresan por mucosas y que pueden tener acceso al torrente sanguíneo (como virus y alérgenos); mientras que los linfocitos T se requieren en la inmunidad contra patógenos intracelulares (por ejemplo virus y parásitos). 

Figura 1. Respuesta inmunológica. Imagen creada en BioRender por Científica Rizada.

De hecho, las células de memoria son tan importantes que son la base de la eficacia de las vacunas. El conocimiento cada vez más detallado de la memoria inmunitaria ha permitido desarrollar vacunas cada día más eficaces, que son capaces de reconocer al mismo antígeno años después de la vacunación, así es, estas células pueden vivir años recordando al mismo antígeno que las activó, lo que lo hace un recuerdo inolvidable

¿Quieres leer más?

Ortiz-Navarrete, V. (2015), “Vivir para contarlo. La memoria del sistema inmune“, Ciencia,  66 (2): 37-41.

Kirman, J. R., et al. (2019), “Immunological memory“, Immunology & Cell Biology, 97, no. 7, págs. 615–616.

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Científica Rizada Contributor
Colaboradora en La BioZona

Soy Andrea Alfaro, yucateca de nacimiento y por elección. Soy Química Farmacéutica Bióloga de profesión e investigadora de corazón. Realicé mi maestría en Investigación en Salud en la Universidad Autónoma de Yucatán, en donde realicé estudios para el diseño y desarrollo de vacunas contra la enfermedad de Chagas.

Mi amor por el arte digital y el estudio de las proteínas me llevaron a crear mi página de divulgación científica: @cientifica_rizada (instagram), en donde busco compartir conocimiento sobre la biología estructural de diferentes proteínas con interés clínico.

Disfruto de aprender cosas nuevas, ver sci-fi y documentales, leer blogs y escuchar jazz cada que puedo.

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