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La muerte es, sin duda, la única ley universal que existe. Como seres temporales aceptamos el inexorable destino como parte de nuestra condición humana. Como seres obstinados, nos zambullimos en una constante búsqueda por vencer a la muerte y entablar un lazo directo con lo infinito y eterno; perseguimos ese más allá de la muerte.

Ahora bien, es pertinente señalar la diferencia entre muerte y finitud. A pesar de que ambas están íntimamente relacionadas, encuentran su fundamento en procesos humanos distintos. La finitud atiende a una razón fenomenológica, en tanto que la muerte da cuenta de una cuestión orgánica.

Comprendemos y aceptamos la muerte como un proceso humano y natural en todo ser vivo. Jean Paul Satre (1905-1980), afirma en El ser y la nada (1943), que «la muerte como fin de la vida se interioriza y se humaniza», es la razón por la cual, en un sentido orgánico, la humanidad acepta que va a morir. La vida deviene muerte, como el resultado del proceso denominado acortamiento de telómeros, que es, cuando menos, la teoría más aceptada debido a que es la que más evidencia arroja.

Un telómero es una región compuesta de secuencias repetidas de ADN localizada en los extremos de los cromosomas de las células eucariotas. Estos se encargan de mantener la integridad del genoma. Los telómeros se acortan con cada división celular. En situaciones vitales óptimas (es decir, sin padecimientos y afecciones), estos llegan a acortarse tanto que llevan a las células a un estado de “senescencia”. En este punto, la división celular ya no puede llevarse a cabo y, finalmente, este proceso lleva al organismo a una falla sistémica; es ahí donde la muerte acontece. Un caso literario que se explica a través de este principio es el que se observa en El retrato de Dorian Gray del escritor Oscar Wilde. En esta novela, el protagonista es inmortal porque no puede envejecer, es decir, sus telómeros no se acortan (el envejecimiento como tal, no solo se relaciona con el acortamiento de los telómeros, sino con varios otros procesos).

En lo que se refiere a la finitud, esta se nos presenta en un estado de consciencia: sobre nuestra existencia, la de los otros y la del entorno. Esto implica que sabemos que lo eterno y lo infinito existen, pero no aplica en nuestro caso específico. 

René Descartes (1596-1650) esboza esta relación con lo infinito en su Meditación tercera (1641), en donde expone que el ser humano es consciente del infinito y esto lo lleva a una constante comparación con lo divino. El ser humano, aun sabiendo que ha nacido con una “etiqueta” de caducidad, busca en sí ese soplo de divinidad. A través de la historia de la humanidad, este “soplo” ha tenido diversas caras, distintos nombres y se ha adaptado a las creencias de la época.

Desde Platón y hasta el término de la Edad media y el oscurantismo, en donde reinaron las creencias religiosas, el alma era esa esencia divina que, al morir el cuerpo, trascendía y pasaba a formar parte del todo eterno. Cuando llega la ilustración y comienzan a desacreditarse las creencias religiosas, el alma se convierte en consciencia y razón. Las ciencias del hombre se esfuerzan por demostrar que es el raciocinio humano lo que nos separa del resto de las especies animales, otorgando así (y tal vez de forma inconsciente), la potestad de alma a la consciencia; Dios se vuelve biología y el alma, se vuelve mente. Al final, ambas buscan la misma trascendencia a lo infinito. 

A esta necesidad humana de trascendencia, responden distintas narrativas literarias, muchas representadas en las clásicas historias de fantasmas: personas cuya muerte orgánica (cuerpo), ha acontecido, pero su halo divino (consciencia, alma, etc.) se niega a aceptar su finitud y queda vagando en este mundo. Por poner algunos ejemplos, nos encontramos películas como Gasparín, el fantasma de un niño que se niega a aceptar que ha muerto. Por el contrario, insiste (obstinadamente) en establecer relaciones interpersonales con seres vivos. Otro buen ejemplo en el cine es Ghost: la sombra del amor, donde el protagonista descubre que el alma y el cuerpo son distintos. Mientras el cuerpo es finito, el alma es eterna. Un ejemplo literario de un fantasma vuelto consciencia, lo encontramos en La trágica historia de Hamlet, cuyo fantasma exige honrar las tradiciones de la ética y la moral, pidiendo a Hamlet que vengue su muerte.

Quizás nunca llegue el momento en el que podamos aceptar nuestra inminente desaparición; el hecho de que nuestro ser e incluso nuestro conocimiento son finitos. A veces, pensaremos que el alma dada por Dios tiene una vida después de la muerte o que nuestra consciencia puede ser trasladada a un mecanismo no orgánico y posiblemente intangible. Tal vez llegue el día que nos conformemos con la idea de que la materia y la energía no se crean ni se destruyen, solo se transforman, pero mientras esto sucede, si no podemos reconciliarnos con la muerte, podríamos reconciliarnos con la vida.

¿Quieres saber más?

Dastur, F. (2008). La muerte . Ensayo sobre la finitud. Barcelona: Herder.

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Paola Licea Contributor
Colaboradora en La BioZona

Promotora literaria. Me especializo en literatura y pensamiento crítico. Lectora empedernida, escritora apasionada y feminista activa. Me dedico a tratar de entender el mundo y las narrativas contemporáneas a través de mi propia condición: ser mujer en el mundo.

Radico en Toluca, la bella. Soy investigadora por convicción y hedonista de corazón. Creo en el placer como vehículo de conexión con la vida y el cosmos.

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