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Todo comenzó en 1997, cuando la Organización de las Naciones Unidas decidió realizar una reunión en Kioto, para tratar un tema que, para entonces, ya era preocupante: el cambio climático. En esta convención además de sentar las bases de las estrategias para combatir el cambio climático, se establecieron metas para un futuro que ya nos ha alcanzado; el resultado de 25 años de estrategias teóricas sigue siendo la depredación del mundo que habitamos y la sociedad en la que vivimos.

La desvinculación entre el ser humano y su entorno ha sido el resultado de un modelo económico y político neoliberal que fomenta la visión utilitaria. El sistema capitalista le ha hecho creer al ser humano que la naturaleza está a su servicio y para la satisfacción no solo de sus necesidades, sino de sus placeres, pero esto no siempre fue así.

En las culturas antiguas, la relación ser humano-naturaleza, partía de la conciencia de lo sagrado. El entorno era aquello cuya belleza y magnificencia debía ser preservado y motivo de culto. Su importancia radicaba no en su utilidad sino en la vacuidad de su esencia misma. Ese algo que además de causar sublime asombro también provoca un profundo miedo, porque es indescriptible e inconmensurable; imposible de aprehender. Desafortunadamente, con la ilustración, no solo muere lo divino, sino también lo sagrado.

¡Dios ha muerto! Es la frase con la que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche declara la ruptura de la humanidad con lo divino. En su famoso libro Así habló Zaratustra (1883-1885), Nietzsche desarrolla un planteamiento que propone la muerte de la noción religiosa como se conoció durante la edad media y que finaliza con la Ilustración. Para Nietzsche, la “fe ciega” queda atrás para dar paso a la razón y confía en que ella sea quien guíe al ser a la figura del superhombre. Esta ruptura se lleva a cabo sin separar lo divino de lo sagrado.

Comencemos por separar ambos conceptos. Lo divino es aquello que deriva de las divinidades, de los dioses. Tal es el caso del culto, la adoración, incluso, la humillación frente a la deidad. En este sentido, podemos decir que lo divino es todo aquello con lo que las religiones buscan dogmatizar a los fieles y su principal característica es la intangibilidad.

Lo sagrado, a diferencia de lo divino, se caracteriza por ser tangible. Mientras que las divinidades son inaccesibles al ser humano, lo sagrado está a su alcance. Solemos relacionar lo sagrado con lo divino, porque lo segundo explicaría a lo primero, es decir, lo divino da explicación a lo sagrado. Esta relación es visible a través de los mitos.

Un mito, es una narración fantástica que se ubica fuera del tiempo histórico, es decir, antes que el tiempo fuera tiempo. Dicha narración está protagonizada por divinidades y explica la creación del mundo: los elementos naturales, el día y la noche, las estaciones del año y el comportamiento de la naturaleza, entre muchos otros. Los mitos nacen de la necesidad humana de explicarse su mundo, de ahí la creación de lo divino y la afirmación de Nietzsche. Es de la mitología de donde surge la noción de lo sagrado. Aquello que tenía el toque divino, se convertía en sagrado.

Mirando detenidamente esta relación, podemos notar que los elementos sagrados son tan valiosos para la humanidad que necesitan de una explicación y también requieren un tratamiento especial. En este sentido, lo sagrado se relaciona con la finitud. Los elementos que eran fundamentales para la sobrevivencia del ser humano se volvieron sagrados.

Ahora bien, si lo divino es prescindible, no así lo sagrado. Elementos sagrados para las culturas antiguas, tales como el sol, el agua y la tierra, por mencionar algunos, siguen siendo vitales, pero hemos perdido la noción de lo vital-sagrado. Estos elementos pueden terminarse, perecer, necesitan ser cuidados.

Si pudiéramos mover nuestro ateísmo al lugar que le corresponde, ¿por qué no pensar que la tierra es sagrada? Tal vez así haríamos consciencia sobre el excesivo consumo de recursos que no son renovables.

¿Por qué no sacralizar nuestro tiempo? Quizás nos esforzaríamos más eligiendo a qué o quién se lo dedicamos.

¿Por qué no creer que nuestro cuerpo es sagrado? Así no permitiríamos que nada ni nadie lo violentara de ninguna forma. Lo amaríamos por lo que es y lo procuraríamos.

Si pudiéramos retirarnos los lentes occidentales con los que vemos el mundo, nos abriríamos a la posibilidad de valorar aquello que tenemos y temer a que se termine: nuestra tierra y sus bondades; nuestro tiempo sin aprovecharlo; nuestro cuerpo flagelándolo física y emocionalmente, tal como lo expresa Byung Chul-Han en La expulsión de lo distinto (2017).

Si creemos que dios está muerto, está bien, pero separemos lo sagrado de lo divino, porque en esta época des-sacralizada, estamos en camino a la extinción. 

Cogito ergo sum

Con dedicatoria especial para el Profesor Distopías que me hizo repensar lo sagrado.

¿Quieres saber más?

Nietzsche, F. (2007), “Obras selectas“, Edimat, 1ª ed.

Han, B. C. (2017), “La expulsión de lo distinto“, Herder, 1ª ed.

Eliade, M. (2014), “Lo sagrado y lo profano“, Paidós, 1ª ed.

  • Artículos
Paola Licea Contributor
Colaboradora en La BioZona

Promotora literaria. Me especializo en literatura y pensamiento crítico. Lectora empedernida, escritora apasionada y feminista activa. Me dedico a tratar de entender el mundo y las narrativas contemporáneas a través de mi propia condición: ser mujer en el mundo.

Radico en Toluca, la bella. Soy investigadora por convicción y hedonista de corazón. Creo en el placer como vehículo de conexión con la vida y el cosmos.

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