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Esta semana celebramos la Semana del Cerebro, un buen momento para hablar de ese montoncito de carne húmeda que nos ayuda a percibir y entender lo que nos rodea desde dentro del cráneo. Esta caja fuerte de hueso es uno de los desafíos más grandes a la hora de estudiar el cerebro y diagnosticar enfermedades nerviosas. No se puede ir por la vida abriéndole a la gente el cráneo para cualquier exploración rutinaria o por curiosidad científica. Por suerte no todo el cerebro está protegido dentro del cráneo. Dentro de nuestro ojo podemos encontrar la retina, una capa de células receptoras de luz y las neuronas que las acompañan. La retina de cada ojo es básicamente un pedacito de cerebro que se asoma al mundo a través de las órbitas oculares. Y mientras ella nos mira, nosotros podemos mirarla de vuelta. 

En los últimos años, varios estudios científicos se han fijado en la retina como una forma de observar el cerebro de forma no invasiva, y más específicamente como forma de diagnóstico temprano de enfermedades neurodegenerativas. Enfermedades como la de Parkinson o la de Alzheimer deterioran poco a poco las neuronas de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso, y las de la retina no son una excepción. Así que una posible aproximación a un diagnóstico temprano es examinar el fondo de nuestro ojo y buscar posibles señales de degeneración. Pero es posible que exista una forma todavía más fácil. 

Normalmente las células que componen las diversas capas de la retina tienen funciones especializadas y bien definidas. Los fotorreceptores como conos y bastones detectan la luz y sus cambios, y cuando lo hacen mandan señales a las neuronas, que en la retina se llaman células ganglionares. Estas últimas integran la información de conos y bastones y mandan la información al cerebro a través del nervio óptico. Sin embargo, hace unos años se descubrió una excepción en forma de las llamadas células ganglionares intrínsecamente fotosensibles. Como su nombre indica, estas son neuronas retinales que son capaces de recibir luz incluso si los conos o bastones están deteriorados o desactivados. 

Las neuronas fotosensibles están implicadas en procesos relacionados con la luz, pero no visuales, como el ajuste del reloj interno al día y la noche (ciclo circadiano)  o al mantenimiento de la contracción de la pupila en respuesta a la luz. Es esto último lo que las hace útiles como método de diagnóstico. Resulta que hay algunos estudios que sugieren que estas células son especialmente sensibles al deterioro causado por enfermedades neurodegenerativas. Y si estas células se deterioran, el reflejo pupilar a la luz también. 

Esto nos da la sencillísima forma de diagnóstico de usar el reflejo pupilar de un paciente para evaluar la situación de estas células examinando si son capaces de mantener estable la contracción de su pupila en respuesta a una iluminación prolongada. A este método todavía le falta mucho trabajo, pero quizá en el futuro nuestra revisión de ojos habitual sea también una manera de detectar problemas neurológicos antes de la aparición de problemas más obvios.

¿Quieres saber más?

Joyce, D.S., et al. (2018), “Melanopsin-mediated pupil function is impaired in Parkinson’s disease“, Sci Rep 8, 7796.

Chang, L. Y. L., Palanca-Castan, N., et al. (2021). “Ocular Health of Octodon degus as a Clinical Marker for Age-Related and Age-Independent Neurodegeneration“, Frontiers in integrative neuroscience, 15, 6.

El ojo y el Alzheimer │ Blog Instituto Oftalmológico Fernández-Vega (fernandez-vega.com)

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Sensu Lato Contributor
Colaborador en La BioZona

Biólogo de Vigo, Galicia, España. Hice un doctorado en neurociencia sensorial en Alemania y un proyecto postdoctoral en Valparaíso (Chile). Me dejé el corazón en la Patagonia y ahora vivo retirado en una dimensión de bolsillo. Aunque mi carrera ha sido más de bata tengo corazón de bota, y mi sueño es que me paguen por perseguir ranas por la montaña.

Me fascina todo lo relacionado con la biología, intento aprender cosas nuevas cada semana y hablo de ellas siempre que me dejan. Cuando no me dejan, las grabo y las tiro al éter mediante un podcast llamado Biología de Tranquis.

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