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La simbiosis, la cooperación estrecha entre dos organismos, es un fenómeno que lleva atrayendo la atención de los biólogos desde hace muchos años, y de la que podemos encontrar ejemplos fascinantes en todos los lugares en los que la vida ha conseguido anclarse. Sin ir más lejos, los líquenes que vemos normalmente pegados a rocas y árboles no son un único organismo, sino asociaciones entre hongos y algas o bacterias fotosintéticas. Algo parecido ocurre con las plantas y el conjunto de hongos y bacterias que viven dentro, encima y alrededor de sus raíces. La asociación entre estos organismos es imprescindible para su forma de vida y les permite sobrevivir en lugares donde no podrían hacerlo por separado. ¿Tiene sentido entonces considerarlos organismos separados?

La respuesta a esta pregunta está en la raíz del concepto de holobionte, propuesto en un principio por el biólogo alemán Alfred Meyer-Abich y popularizado por Lynn Margulis a principios de los noventa. Margulis es conocida por haber sido la bióloga que probó que las mitocondrias que habitan cada una de nuestras células y que nos proporcionan energía fueron originalmente bacterias simbióticas, y que fue esta simbiosis la que originó las células con núcleo o eucariotas que nos componen. Es para referirse a este tipo de organismos compuestos que usó el término “holobionte”. El término pasó más o menos desapercibido hasta principios del siglo XXI, en el que se comenzó a usar como referencia a los corales, que sobreviven y forman grandes arrecifes gracias a algas fotosintéticas alojadas dentro de sus propias células. Además, miles de especies de otros microorganismos crecen encima suyo y desarrollan relaciones de interdependencia, haciendo de cada coral un organismo compuesto, un holobionte.

El concepto de holobionte usado de esta forma ha explotado en popularidad en la última década. Ya sabíamos que animales como las vacas o los humanos dependen de simbiosis con bacterias que viven en nuestro tracto digestivo, pero las nuevas tecnologías de secuenciación genética nos han dado una perspectiva de la enorme diversidad de estas comunidades, y nos han revelado que este tipo de asociaciones son muy comunes en animales y plantas. La conclusión es que quizá nuestro concepto de individuo era hasta ahora demasiado restrictivo, quizá todos los animales y plantas somos holobiontes, asociaciones estrechas de macro- y microorganismos, evolucionando juntos a través del tiempo.

Aunque esta es una idea fascinante, por ahora es bastante especulativa, y tiene sus detractores. Éstos señalan que cada organismo en estas asociaciones tiene una historia evolutiva y unos “intereses” propios. Una simbiosis es un tira y afloja evolutivo, y a veces puede acabar con el dominio de un organismo sobre otro o deshacerse. En este sentido, dicen, es más preciso considerar que cada organismo puede ser a la vez su propio miniecosistema, varios organismos evolucionando juntos, pero no revueltos, con relaciones complejas entre sus componentes. Sea como sea, el concepto de holobionte es una adición útil a la caja de herramientas teórica de los biólogos, y es posible que lo sigamos oyendo mucho en el futuro.

¿Quieres saber más?

McFall-Ngai, M., et al. (2013), “Animals in a bacterial world, a new imperative for the life sciences, Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(9), 3229-3236.

Foster, K. R., et al. (2017), “The evolution of the host microbiome as an ecosystem on a leash“, Nature, 548(7665): 43-51.

El ecosistema microbiano humano | Investigación y Ciencia | Investigación y Ciencia (investigacionyciencia.es)

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Sensu Lato Contributor
Colaborador en La BioZona

Biólogo de Vigo, Galicia, España. Hice un doctorado en neurociencia sensorial en Alemania y un proyecto postdoctoral en Valparaíso (Chile). Me dejé el corazón en la Patagonia y ahora vivo retirado en una dimensión de bolsillo. Aunque mi carrera ha sido más de bata tengo corazón de bota, y mi sueño es que me paguen por perseguir ranas por la montaña.

Me fascina todo lo relacionado con la biología, intento aprender cosas nuevas cada semana y hablo de ellas siempre que me dejan. Cuando no me dejan, las grabo y las tiro al éter mediante un podcast llamado Biología de Tranquis.

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